16.9.10

juegos infantiles

Arriba de uno de los roperos había una lata que alguna vez había tenido pintura pero que ahora estaba casi lleno de botones. Era un gran placer para mí cuando alguien me dejaba jugar con ellos. Me daban la lata y la abrían, porque estaba cerrada a presión y sólo con un desarmador o una moneda grande podía abrirse. Me tiraba de panza en el suelo a jugar con los botones, había grandes, pequeños, lisos, con relieves, de agujeros y sin ellos, hasta unos con brillantitos arriba. Yo no recuerdo si al jugar los contaba, o los organizaba por colores o formas, pero ahí me daban las doce, y esa mi mejor pasatiempo.
Si no me prestaban la lata de los botones, me trepaba a una silla y tomaba un espejo que había en la pared. De nuevo me tiraba de panza en el suelo y colocaba el espejo también allí. Me imaginaba que todo era al revés, y que el techo era el suelo, veía el foco, que en lugar de colgar del cable se erguía orgulloso como una lámpara de las de la calle. 
Todo lo que se alcanzaba a reflejar en el espejo pertenecía a un mundo imaginario, no poblado de animales y cosas fantásticas como las de Alicia, sino por las sillas, los cuadros, y todo lo que en mi casa había.
Juegos que proporcionaban interminables horas de entretenimiento, y sin gastar ni un cinco!

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