4.11.14

El día que me picaron los jicotes

Mi mamá siempre ha sido una prófuga del quehacer doméstico.

Por algo se separó de mi papá y por algo me dejó con mi abuela para irse primero a estudiar la biblia al ''Instituto Bíblico Emmanuel'' y después de misionera a Coahuila. 
El chiste era no estar en su casa.

Pues bien, para compensar que no me estaba viendo crecer, en vacaciones grandes venía por mí y me llevaba con ella a andar de nómada, comiendo y durmiendo donde Dios proveyera. Yo odiaba esos dos meses de cada año no porque no quisiera andar en la tandariola cantando y tocando las claves en los cultos que hacían por las noches en la iglesia, sino porque ella tampoco allá me cuidaba. Seguramente mi abuela soñaba con que se llegaran las vacaciones, porque la verdad es que yo sí fui muy tremendo y nadie me aguantaba. Yo no sé que clase de religión le enseñaban porque tramposa sí era, pues me decía a mí que cuando el boletero preguntara por mi edad, dijera otra, para poder pagar medio boleto...

De lo que recuerdo que me sucedió bajo el ''cuidado'' de mi madre, es que me pasó una bicicleta por encima, me pordió un perro, comí nísperos y se me durmió la boca y me picaron los jicotes.

Otra cosa que me fastidiaba era que yo, todo un niño de casa remilgoso y acostumbrado a rechazar cualquier cosa que yo creía que no me gustaba como nopales o menudo, con mamá tenía que comer lo que nos dieran, si es que nos daban y si no, aguantarse! 
Y recuerdo con asco cuando mi mamá me atiborró de menudo a pesar de mi renuencia y de unos frijoles negros que nos dió una viejita a la que accidentalmente le ví un pezón y casi me vomito pensando que esos frijoles estaban tan prietos como lo que yo había visto.

Ir al baño era otra pesadilla, pues allá tenían servicios de pozo, que era un gran hoyo lleno de excremento mosquiento, con una tabla que tenía un agujero grande y otro chiquito  que era para mí el mayor de los suplicios, pues además del peste a mierda seca, la fresca caía como una piedra y removía toda aquella asquerosidad.

Mi madre nunca supo el daño que me hacía, pero hasta el día de hoy, no se lo he podido perdonar.

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